Seis meses después la serie B, y ya en 2016, STOYRIES salió del estado latente en que lo habíamos dejado.

Con la primavera retomamos el proyecto tratando de ampliar su enfoque y reestructurarlo.

Dos personas fueron claves en el proceso y en el desarrollo que vendría después:

La primera fue mi directora de tesis Atxu Amann, que me sugirió convertirlo en un proyecto de investigación ‘formal’ como parte de mi tesis y desarrollarlo en el ámbito académico pero con una perspectiva social. Fue gracias a ella que STOYRIES tomó forma seria y ganó un soporte teórico más sólido. Del mismo modo, fue Atxu quien pensó en trabajar colaborando con refugiados en medio de la crisis europea en la que vivíamos.

La segunda fue Irene Ferrándiz, a quien yo acaba de conocer y a quien conté el proyecto una mañana de invierno en Valencia. Fue ella quien pensó en la opción de generar aviones dobles conectados bajo el título de Duoplane. 

Por aquel entonces, también, empezamos a barajar opciones para financiar el proyecto, y consideramos algunas empresas que tenían interés en desarrollar colaboraciones con estrategias similares.

Sin embargo, en pocos meses iba a pasar algo que nos iba a devolver a la casilla de salida personalmente, y que nos haría recordar que si estábamos aquí era para jugar, no para vender la idea.

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