En mayo de 2016 nos dieron una de esas noticias que nadie quiere oir.

Laura y yo fuimos las mejores amiga de la galaxia durante todo el colegio, nos sentábamos juntas en clase y nos pasábamos la vida viviendo aventuras con nuestras amigas Anna y Bea. Con el tiempo la vida nos llevó por caminos diferentes, pero cuando ese Mayo supimos que Laura tenía cáncer, todos volvimos a tener 10 años.

Una tarde en casa de Laura yo empecé a hablarle de STOYRIES un poco por distraerla. Le conté el proyecto que habíamos lanzado y las ideas que queríamos desarrollar. Y ella, siempre tan interesada por ayudar a los demás, me propuso hacer una versión para niños con cáncer y desarrollarlo juntas.  Laura era psicóloga y había pedido permiso para ir a leer cuentos a Oncología infantil desde el primer momento que la diagnosticaron.

Unas semanas más tarde, cuando Laura estaba ingresada en el hospital y nosotros ya sabíamos que no podría salir de allí, le llevé un avión de STOYRIES. Recuerdo decirle que le hiciera una foto, que me contara alguna historia para subirla a la red pensando que así desconectaría un rato del hospital, y recuerdo que me dijo que no, que había pensado en hacerle fotos al salir, que iba a ir al monte y a este lugar y al otro a llevarlo y así subir imágenes bonitas. Me di cuenta entonces que el avión le servía como una suerte de generador de arquitectura instantánea, que permitiría escaparse del hospital e imaginar todas las cosas que podría hacer con él.

Y ese, decidimos que sería el proyecto que teníamos que hacer, llevar aviones allí donde permitieran a alguien escaparse.

 

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