En otoño de 2014 nos conocimos María y yo, y por alguna absoluta razón que no recuerdo le hablé de los aviones de juguete.

María – @valverdina – me habló de un amigo suyo que diseñaba ‘cosas en 3d’ y me lo presentó un día en Tierra Burrito. Su amigo era Agustín Flowalistik – @flowalistik / www.flowalistik.com – y tras esa comida en el mexicano los tres nos liamos la manta al cuello (¿o era a la cabeza?) y nos lanzamos a generar un proyecto que tampoco sabíamos muy bien ni donde llevaba ni como era ni para que servía (así sí) pero que implicaba juguetes impresos en 3d (Agus), ideas sobre detonadores lúdicos que se mueven por el mundo (Aida) y saraos sociales (María).

A partir de entonces nos reunimos muchas otras veces – siempre con burritos en medio – para avanzar con la idea. Agustín empezó a producir las primeras pruebas sabiendo que se trataba de un elemento que debía resistir a la intemperie, los golpes, el ajetreo, las caídas y en general la vida de la gente, sin problemas. Mientras seguíamos tratando de organizar una idea que pudiéramos abarcar entre los tres y que no se nos fuera de las manos. También debatíamos sobre los objetivos académicos y económicos del asunto, tratando de encontrar un equilibrio, sobre todo ante la gente que nos decía que no tenía sentido crear algo sin un fin monetario más allá de experimental.

Al final – después de no pocos debates y planes inalcanzables – nos decidimos por lanzar un proyecto piloto – sí, todo con doble sentido –  con el que ver que sucedía con nuestras ideas, y fue por eso, por culpa de las conversaciones en bares mexicanos, que en 2015 lanzamos STOYRIES.

Agustín cuenta también esta historia aquí.

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